Sylvia Day
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Nov 7, 2013  •  Harlequin Ibérica, S.A.

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Me sabía muy mal darme cuenta de que Jax seguía impresionándome tanto. Había formado parte de mi vida muy poco tiempo. Yo había tenido otros dos amantes después de él, y creía haber pasado página.

Estaba mirando un expositor de nuestros libros de cocina más vendidos cuando doblé la esquina. El traje de corte perfecto que se había puesto realzaba su cuerpo alto y musculoso. Yo nunca lo había visto en persona vestido así, tan formal. Nos habíamos conocido en un bar, nada menos. Yo había salido a tomar algo con unas compañeras de clase y él estaba asistiendo a una despedida de soltero.

Debí imaginar que no saldría bien.

Pero, Dios mío, era tan guapo... Tenía el pelo oscuro y lo llevaba muy corto por los lados y por detrás y un poco más largo por arriba. Sus ojos eran de un marrón tan oscuro que eran casi negros. Rodeados por densas pestañas, eran de una intensidad implacable. ¿De veras me habían parecido alguna vez dulces y tiernos? Me había dejado cegar por su boca carnosa y sensual y por su travieso hoyuelo. Pero Jackson Rutledge no tenía nada de tierno. Era un hombre vicioso y cruel, hecho de una pasta muy dura.

Me recorrió de pies a cabeza con una mirada lenta e intensa al acercarme a él.

Todo el mundo sabía que era un entendido en mujeres. Me dije a mí misma que yo podía ser cualquiera y que aun así me miraría de ese modo, pero sabía que no era cierto. Mi cuerpo se acordaba de él.

—Hola, señor Rutledge —lo saludé formalmente porque él aún no había dado a entender que me reconocía—. La señora Yeung saldrá enseguida —añadí—. Le acompaño a la sala de reuniones.

—Por aquí, entonces —pasé a su lado y conseguí sonreír a LaConnie al pasar cerca de ella, aunque la sonrisa me salió forzada.

Sentí su mirada fija en mi espalda, en mi culo, en mis piernas. Eso me hizo sentirme torpe.

No dijo nada y a mí me dio miedo hablar. Sentía un terrible anhelo: una necesidad casi desesperada de tocarlo. Me costaba creer que hubiera estado en mi cama. Dentro de mí. ¿Cómo había tenido el valor de liarme con un hombre como él?

Fue un alivio llegar a la sala de reuniones. El picaporte me pareció deliciosamente fresco cuando lo toqué.

Su aliento sopló suavemente sobre mi oreja.

—¿Cuánto tiempo vas a seguir fingiendo que no me conoces, Gia?

Empujé la puerta y entré sin soltar el picaporte para que no quedara duda de que iba a marcharme.

Se acercó a mí y me miró a cara a cara. Me sacaba más de una cabeza, a pesar de que yo llevaba tacones. Tenía las manos en los bolsillos e inclinó la cabeza hacia mí. Había invadido mi espacio personal. Todo aquello era demasiado íntimo. Demasiado familiar.

—Apártate, por favor —dije en voz baja.

Se movió, pero no como yo quería. Sacó la mano derecha del bolsillo y la deslizó por mi brazo desde el codo a la muñeca. Sentí su contacto a través de mi blusón de seda azul.

—Has cambiado mucho —murmuró.

—Claro. Tanto que antes no me has reconocido.

—Dios mío, ¿de verdad crees que no sabía que eras tú? —se volvió, pero eso no mitigó el impacto de su presencia. La parte trasera era igual de espléndida que la delantera—.Te reconocería hasta con los ojos vendados, Gia.

Estaba tan sorprendida… Habíamos pasado de un trato distante e impersonal a una intimidad abrasadora en un abrir y cerrar de ojos.

—¿Qué haces aquí, Jax?

Se acercó a las ventanas y contempló Nueva York.

—Voy a ofrecerle a Lei Yeung lo que haga falta para que se vaya con la música a otra parte.

—No te dará resultado. Es una cuestión personal.

—Los negocios no deberían mezclarse con cuestiones personales.

—Nada es personal, ¿verdad? —dije, acordándome de cómo sencillamente un día no había aparecido. Ni ningún otro día después.

—Lo nuestro lo fue —contestó con voz ronca y aterciopelada—. Una vez.

—No, qué va —para ti, no.

Se volvió bruscamente y yo di otro paso hacia atrás con cautela.

—Entonces no me guardas rencor. Estupendo. No hay razón para que no lo retomemos donde lo dejamos. Mi reunión con Yeung no durará mucho. Cuando acabe, podemos ir a mi hotel para ponernos al día.

—Que te jodan —repliqué.

Esbozó una sonrisa y apareció aquel delicioso hoyuelo. ¡Ah, cómo le cambiaba aquel hoyuelo! Ocultaba lo peligroso que era con un toque de encanto infantil. Yo odiaba aquel pequeño huequito tan gracioso tanto como lo adoraba.

—Por fin —dijo con una inconfundible nota de triunfo—. Casi me habías engañado, pensaba que la Gia que conocía había desaparecido.

—No juegues conmigo, Jax. No te rebajes hasta ese punto.

—Te quiero debajo de mí.

Yo sabía que acabaría por decir algo así si le daba pie, pero aun así había querido oírlo. Quería oír cómo lo decía. En cuestión de sexo, era directo, sensual y espontáneo como un animal. A mí me encantaba, porque yo también había sido así con él.

Ansiosa. Insaciable. Nunca nada me había hecho sentirme tan bien.

—Hola, señor Rutledge —dijo Lei al entrar subida sobre sus impresionantes sandalias de Jimmy Choo—. Voy a dar por sentado que se trata de una agradable sorpresa.

—Puede ser —fijó su atención en ella tan completamente que me sentí desplazada.

—Os dejo —dije al salir.

Lei me miró a los ojos y comprendí el mensaje tácito. Hablaríamos pronto.

No volví a mirar a Jax, pero aun así recibí el mismo mensaje de él.

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