Sylvia Day
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Espasa  •  9788467041156

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Miles de agujas de agua helada aguijoneaban mi piel caliente, los pinchazos ahuyentaban las sombras que aún persistían de una pesadilla que no podía recordar del todo.

Cerré los ojos y me sumergí bajo el chorro de la ducha, deseando que el temor y las náuseas que aún sentía de­ saparecieran por el desagüe que tenía a los pies. Noté un escalofrío y mis pensamientos viajaron hacia mi esposa. Mi ángel, que dormía tranquilamente en el apartamento de al lado. La deseé con desesperación, quería perderme dentro de ella y odié no poder hacerlo. No podía tenerla cerca. No podía arrastrar su exuberante cuerpo debajo del mío y sumergirme en él dejando que sus caricias espanta­ ran mis recuerdos.

—Joder.

Apoyé las manos sobre los fríos azulejos y absorbí la baja temperatura de aquel castigo en forma de diluvio has­ ta que penetró en mis huesos. Era un gilipollas y un egoísta.

Si hubiese sido mejor hombre, me habría alejado de Eva Cross nada más verla.

Pero, en vez de ello, la convertí en mi esposa. Y habría querido que la noticia de nuestro matrimonio fuera divul­ gada en todos los medios conocidos por el hombre, en lu­ gar de mantenerlo como un secreto entre unas cuantas personas. Y, lo que es peor, como no tenía intención de dejarla escapar, debería buscar el modo de compensar el 

hecho de que yo estaba tan jodido que ni siquiera podía­ mos dormir juntos en la misma habitación.

Me enjaboné, limpiándome rápidamente el sudor pega­ joso con el que me había despertado. Pocos minutos des­ pués, salía del dormitorio, donde me había puesto unos pantalones de chándal antes de dirigirme a mi despacho de casa. No eran más que las siete de la mañana.

Había salido del apartamento que Eva compartía con su mejor amigo, Cary Taylor, apenas un par de horas an­ tes para dejar que durmiera un poco antes de que tuviera que ir a trabajar. Habíamos pasado la noche juntos, ambos necesitados y hambrientos el uno del otro. Pero había ha­ bido también algo más, un deseo por parte de Eva que me carcomía y me inquietaba.

Algo preocupaba a mi esposa.

Dirigí la mirada hacia la ventana, hacia la vista de Man­ hattan al otro lado y, después, la posé sobre la pared don­ de colgaban fotografías de ella y de nosotros dos en el despacho de mi ático de la Quinta Avenida. Me imaginé el collage con claridad, pues en los últimos meses había pasado innumerables horas estudiándolo. Mirar la ciu­ dad había sido antes el modo en que me encerraba en mi mundo. Ahora, lo conseguía mirando a Eva.

Me senté tras mi mesa, encendí el ordenador moviendo el ratón y respiré honda y lentamente cuando el rostro de mi mujer invadió la pantalla. No llevaba maquillaje en aquella fotografía del fondo de escritorio, y unas cuantas pecas claras sobre su nariz la hacían parecer más joven que sus veinticuatro años. Mis ojos se deslizaron por sus facciones: la curva de sus cejas, la claridad de sus ojos gri­ ses, sus labios carnosos. Durante los momentos que me permití pensar en ello, casi pude sentir aquellos labios so­ bre mi piel. Sus besos eran como una bendición, promesas de mi ángel que hacían que mi vida mereciera la pena.

Exhalé con determinación, levanté el teléfono y pulsé el 

número de marcación rápida de Raúl Huerta. A pesar de ser tan temprano, respondió rápidamente.

—La señora Cross y Cary Taylor van hoy a San Diego —dije apretando la mano en un puño al pensarlo. No tenía que decir nada más.

—Entendido.

—Quiero una fotografía reciente de Anne Lucas y un informe detallado de dónde estuvo anoche sobre mi mesa a mediodía.

—Como muy tarde.

Colgué y me quedé mirando el cautivador y bello ros­ tro de Eva. La había sorprendido en un momento en el que estaba contenta y desprevenida, un estado en el que yo quería que estuviera el resto de su vida. Pero la noche an­ terior ella se sentía angustiada por el posible encuentro con una mujer a la que yo había utilizado en el pasado. Hacía mucho tiempo que no veía a Anne, pero si ella era la responsable de algún agravio a mi mujer, volvería a ver­ me. Y pronto.

Abrí mi bandeja de entrada y empecé a examinar mis e-mails y a redactar rápidas respuestas cuando era necesa­ rio mientras me iba acercando al asunto que había llama­ do mi atención en el momento en que abrí el correo.

Sentí a Eva antes de verla.

Levanté la cabeza y las pulsaciones sobre el teclado se volvieron más lentas. Una repentina oleada de deseo apla­ có la agitación que sentía cuando no estaba con ella.

Me recosté sobre el respaldo de mi sillón para apreciar mejor las vistas.

—Te has levantado temprano, cielo.

Eva estaba en la puerta con las llaves en la mano, su pelo rubio sensualmente revuelto alrededor de los hombros, las mejillas y los labios hinchados por el sueño y las curvas de su cuerpo cubiertas por una camiseta y unos pantalones cortos. No llevaba sujetador, y sus tetas exuberantes se le

vantaban suavemente bajo el algodón acanalado. Menuda y hecha para que cualquier hombre cayera de rodillas ante ella, hacía a menudo referencia a lo distinta que era de las mujeres con las que me habían fotografiado anteriormente.

—Te he echado de menos al despertarme —contestó con una voz ronca que siempre conseguía ponérmela dura—. ¿Cuánto tiempo llevas levantado?

—No mucho.

Empujé hacia adentro la bandeja del teclado para dejar espacio para ella sobre mi mesa.

Se acercó descalza seduciéndome sin ningún esfuerzo. Desde el primer momento que la vi supe que me haría pe­ dazos. Aquella promesa estaba allí, en sus ojos y en su for­ ma de moverse. A dondequiera que fuera, los hombres se quedaban mirándola. La deseaban. Igual que yo.

La agarré por la cintura cuando estuvo lo suficiente­ mente cerca y la puse sobre mi regazo. Agaché la cabeza y le atrapé el pezón con la boca, tirando de él con chupadas largas y profundas. Oí cómo ahogaba un grito, noté que su cuerpo se sacudía por la sensación y sonreí para mis adentros. Podía hacer con ella lo que quisiera. Me había concedido ese derecho. Era el mayor regalo que me habían hecho jamás.

—Gideon. —Llevó las manos a mi pelo y lo revolvió. Yo ya me sentía infinitamente mejor. Levanté la cabeza, la besé y saboreé la canela de su pas­

ta de dientes y el subyacente sabor que era sólo suyo. —¿Sí?

Me acarició la cara y me miró con ojos inquisitivos. —¿Has tenido otra pesadilla?
Dejé escapar una exhalación. Eva siempre me leía el

pensamiento. No estaba seguro de poder acostumbrarme nunca a aquello.

Pasé la yema de mi dedo pulgar sobre el algodón hú­ medo de su pezón.

—Preferiría hablar de los sueños eróticos que me estás inspirando ahora mismo.

—¿Sobre qué ha sido?
Apreté los labios ante su insistencia.

—No lo recuerdo.

—Gideon...

—Déjalo, cielo.

Se puso en tensión.

—Sólo quiero ayudarte.

—Ya sabes cómo hacerlo.

—Obseso sexual —dijo con un resoplido.

La apreté contra mí. No podía encontrar las palabras

para expresarle lo que sentía al tenerla en mis brazos, así que le acaricié el cuello con la nariz y respiré el adorado olor de su piel.

—Campeón...

Había algo en el tono de su voz que me inquietó. Me eché hacia atrás despacio mientras mis ojos recorrían su rostro.

—Dime.

—En cuanto a lo de San Diego... —Dejó caer los ojos y se mordió el labio inferior.

Yo me quedé inmóvil, esperando a ver adónde llevaba esa conversación.

—Los Six­Ninths van a estar allí —dijo por fin.

No había tratado de ocultarme lo que yo ya sabía, lo cual era un alivio, pero me invadió una tensión distinta. —¿Me estás diciendo que eso supone un problema? —repuse tratando de mantener un tono de voz tranquilo, aunque sentía de todo menos calma.

—No, no es ningún problema —contestó ella con suavi­ dad. Pero sus dedos se enredaban impacientes en mi pelo. —No me mientas.

—No lo hago. —Respiró hondo y, a continuación, me miró a los ojos—. Hay algo que no va bien. Estoy confundida. —¿Con qué, exactamente?

—No te pongas así —dijo en voz baja—. No te pongas frío ni me rechaces.

—Vas a tener que perdonarme. Oír que mi mujer me dice que está confundida con respecto a otro hombre no me pone de muy buen humor.

Eva se levantó de mi regazo y yo la solté para poder mi­ rarla, calibrarla, con cierta distancia entre los dos.

—No sé cómo explicarlo.

Ignoré deliberadamente el nudo que sentía en el estó­ mago.

—Inténtalo —dije.

—Es sólo que... —Bajó la mirada y se mordió el labio in­ ferior—. Hay algo... que no ha terminado.

Noté cómo mi pecho se endurecía y se calentaba. —¿Te pone cachonda, Eva?
Ella irguió la espalda.
—No es eso.

—¿Es su voz? ¿Sus tatuajes? ¿Su polla mágica?

—Para. No resulta fácil hablar de esto. No lo hagas más difícil.

—Para mí también es muy difícil, joder —espeté mien­ tras me ponía de pie.

La examiné de la cabeza a los pies, deseando follárme­ la y castigarla al mismo tiempo. Quería atarla, encerrarla, ponerla a salvo de cualquiera que pudiera alejarla de mí.

—Te trató como a una mierda, Eva. ¿Lo has olvidado cuando has visto el videoclip de Rubia? ¿Hay algo que ne­ cesites que yo no te esté dando?

—No seas estúpido —replicó cruzando los brazos con una pose defensiva que me enfureció todavía más.

La necesitaba abierta y sumisa. La necesitaba por com­ pleto. Y había veces en las que me enfadaba ver lo mucho que ella significaba para mí. Era la única cosa que no po­ día imaginarme perder. Y me estaba diciendo la única cosa que no podía soportar oír.

—Por favor, no te enfades por esto —susurró.

—Estoy siendo de lo más civilizado, teniendo en cuenta lo violento que me siento en este momento.

—Gideon... —La culpa oscurecía sus ojos grises y las lá­ grimas brillaban.

Miré hacia otro lado.
—¡No!
Pero Eva vio mi interior como siempre hacía.
—No pretendía hacerte daño. —El diamante de su

dedo anular, la muestra de que era mía, reflejó la luz y lan­ zó chispas multicolores sobre la pared—. No me gusta que te molestes y te enfades conmigo. A mí también me duele, Gideon. No lo quiero a él. Te lo juro.

Desesperado, me acerqué a la ventana, tratando de bus­ car la calma que necesitaba para enfrentarme al peligro que representaba Brett Kline. Había hecho todo lo que ha­ bía podido. Había pronunciado mis votos, le había puesto aquel anillo en el dedo. La había amarrado a mí de todos los modos posibles. Pero no era suficiente.

La ciudad se extendía ante mí, aunque la vista quedaba bloqueada por edificios más altos. Desde el ático de la Quinta Avenida, podía ver hasta varios kilómetros. Pero desde ese apartamento del Upper West Side que había ocupado al lado del de Eva, la vista quedaba limitada. No podía ver las infinitas franjas de calles invadidas por taxis amarillos ni la luz del sol que centelleaba desde las nume­ rosas ventanas de los rascacielos.

Podría regalarle Nueva York a Eva. Podría regalarle el mundo. No podía amarla más de lo que ya lo hacía. Me obsesionaba. Y, sin embargo, un gilipollas de su pasado iba acercándose para echarme a un lado.

La recordé en brazos de Kline, besándolo con una de­ sesperación que solamente debería sentir por mí. La posi­ bilidad de que aún lo deseara hizo que me entraran ganas de romper algo.

Mis nudillos sobresalieron cuando apreté las manos en un puño.

—¿Necesitamos ya un descanso? ¿Tomarnos un tiempo para que Kline pueda aclarar tu confusión? Quizá yo debe­ ría hacer lo mismo y ayudar a Corinne a aclararse también.

Al oír el nombre de mi antigua prometida, Eva cogió aire de forma temblorosa.

—¿Estás hablando en serio? —repuso. Dejó pasar un horrible momento de silencio y al cabo añadió—: Felicida­ des, imbécil. Acabas de hacerme más daño del que nunca me has hecho.

Me volví a tiempo de ver cómo salía airadamente de la habitación, con la espalda rígida y en tensión. Las llaves que había utilizado para entrar estaban sobre mi mesa, y verlas allí hizo que se desencadenara mi desesperación.

—Espera.

La agarré, pero ella trató de zafarse. Esa dinámica entre ambos ya me resultaba muy familiar: Eva echando a co­ rrer y yo saliendo en su busca.

—¡Suéltame!
Cerré los ojos y apreté la cara contra la suya.
—No voy a permitir que él te tenga.
—Estoy tan enfadada contigo ahora mismo que podría

darte un puñetazo.
Deseé que lo hiciera. Deseaba sentir dolor.
—Hazlo.
Agarró con fuerza mis brazos.
—Suéltame, Gideon —espetó.
Le di la vuelta y la acorralé contra la pared del pasillo. —¿Qué se supone que tengo que hacer cuando me

dices que te sientes confundida con respecto a Brett Kline? Es como si estuviera colgando del borde de un precipicio y los dedos me estuvieran resbalando.

—Y ¿vas a tirar de mí para poder sujetarte? ¿Por qué no entiendes que no voy a marcharme a ningún sitio?

Me quedé mirándola mientras trataba de pensar en algo que decir que lo solucionara todo entre los dos. Su la­ bio inferior empezó a temblar y yo... me deshice.

—Dime cómo manejar esto —le pedí con voz ronca mientras rodeaba sus puños con las manos haciendo una suave presión—. Dime qué hacer.

—¿Quieres decir cómo manejarme a mí? —Echó los hombros hacia atrás—. Porque soy yo la que no está bien. Conocí a Brett en una época de mi vida en la que me odia­ ba a mí misma pero quería que los demás me quisieran. Ahora él está actuando del modo que yo quería que lo hi­ ciera en aquel entonces y eso me está volviendo loca.

—Dios mío, Eva. —La apreté con más fuerza y eché el cuerpo sobre el de ella—. Y ¿se supone que no debo sentir­ me amenazado por eso?

—Se supone que debes confiar en mí. Te lo he contado porque no quería que hubiera malas vibraciones ni con­ clusiones erróneas. Quería ser sincera al respecto para que no te sintieras amenazado. Sé que hay cosas en mi cabeza que tengo que solucionar. Voy a ir a ver al doctor Travis este fin de semana para...

—¡Los psiquiatras no son la solución a todos los pro­ blemas!

—No me grites.

Contuve el deseo de golpear con el puño el yeso que había detrás de ella. La fe ciega de mi esposa en las propie­ dades curativas de la terapia me frustraban más que nin­ guna otra cosa.

—No vamos a ir corriendo a un maldito médico cada vez que tengamos un problema. Este matrimonio lo com­ ponemos tú y yo. ¡No la maldita comunidad psiquiátrica!

Eva levantó el mentón y su mandíbula adoptó la incli­ nación decidida que tan loco me volvía. Nunca me daba nada a menos que mi polla estuviera dentro de ella. Des­ pués, me lo daba todo.

—Puede que creas que tú no necesitas ayuda, campeón, pero sé que yo sí.

—Lo que yo necesito es a ti. —Cogí su cabeza entre mis manos—. Necesito a mi mujer. ¡Y necesito que ella piense en mí y en ningún otro tío!

—Estás haciendo que desee no haberte contado nada. Mis labios se curvaron en un gesto de desprecio. —Sabía lo que sentías —repuse—. Lo había visto. —Dios... Eres un loco celoso... —gimió en voz baja—.

¿Por qué no entiendes lo mucho que te quiero? Brett no es nada comparado contigo. Nada. Pero la verdad es que no quiero estar contigo ahora mismo.

Noté su resistencia, cómo trataba de apartarse de mí. Me aferré a ella como a un salvavidas.

—¿No ves lo que me estás haciendo? —dije.

Ella se ablandó de pronto entre mis brazos.

—No te entiendo, Gideon. ¿Cómo puedes pulsar un in­

terruptor y esconder tus sentimientos? Sabes lo que pienso de Corinne. ¿Cómo has podido restregármela por las nari­ ces de esa forma?

—Tú eres la razón por la que respiro. No puedo evitar­ lo. —Deslicé la boca por su mejilla—. No pienso en otra cosa más que en ti. Todo el día. Cada día. Todo lo que hago lo hago pensando en ti. No hay espacio para nadie más. Y me destroza ver que tú sí tienes espacio para él.

—No me estás escuchando.

—Simplemente, mantente alejada de él.

—Eso es evitar el problema, no solucionarlo. —Sus de­

dos se clavaron en mi cintura—. Estoy hecha pedazos, Gi­ deon, lo sabes. Y estoy volviendo a juntar todas mis piezas. Yo la quería tal y como era. ¿Por qué no bastaba eso? —Gracias a ti soy más fuerte de lo que nunca he sido —continuó—. Pero aún sigue habiendo grietas. Y, cuando las encuentre, voy a tener que descubrir qué fue lo que las causó y cómo volver a sellarlas. Para siempre.

—¿Qué coño significa eso? —Metí las manos por deba­ jo de su camiseta buscando su piel desnuda.

Ella se puso rígida y me empujó para apartarme. —No, Gideon.
Apreté la boca contra la suya. La levanté en el aire y la

tumbé en el suelo. Ella se revolvía.
—No luches contra mí —dije con un gruñido.
—No puedes hacer desaparecer nuestros problemas

con un polvo.
—Sólo quiero follarte —repuse.
Enganché los pulgares en la cintura de sus pantalones

cortos y se los bajé. Estaba deseando estar dentro de ella, poseerla, sentir que se rendía. Cualquier cosa con tal de ahogar la voz de mi cabeza que me decía que estaba jodi­ do. Una vez más. Y, esta vez, no iba a perdonarme.

—Suéltame —me exigió encogiéndose sobre su vientre.

Mis brazos envolvieron sus caderas cuando trató de es­ cabullirse. Podía hacer que me apartara como había apren­ dido a hacer. Podía hacer que parara con una palabra. La palabra de seguridad...

—Crossfire.

Se quedó inmóvil al oír mi voz, y esa única palabra ex­ presó el desorden de emociones con los que Eva me había destrozado.

Fue en ese ojo del huracán cuando algo se rompió. Una calma feroz y conocida explotó en mi interior dejando en silencio el pánico que hacía que mi seguridad se tambalea­ ra. Permanecí quieto mientras asimilaba la repentina ausencia de agitación. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había sentido el vertiginoso cambio en­ tre el caos y el control. Sólo Eva podía sacudirme con tanta fuerza, devolviéndome estrepitosamente a una época en la que yo había estado a merced de todo y de todos.

—Vas a dejar de luchar contra mí —le dije con voz sere­ na—. Y yo voy a pedirte disculpas.

Se quedó relajada entre mis brazos. Su sumisión fue to­ tal y rápida. Yo volvía a tener el control.

Tiré de ella hacia arriba y hacia atrás de modo que que­ dó sentada sobre mis piernas. Ella necesitaba que yo tuvie­ ra el control. Cuando yo vacilaba, ella se despistaba, y eso no hacía sino estremecerme más aún. Era un círculo vicio­ so y yo tenía que controlarlo con más fuerza.

—Lo siento —dije. Sentía haberle hecho daño. Sentía haber perdido el control de la situación.

Estaba inquieto después de la pesadilla, algo que ella ha­ bía intuido, y como me había soltado lo de Kline justo des­ pués no había tenido tiempo de volver a recomponerme.

Me encargaría de él. Ataría en corto a Eva. Punto. No había otra solución.

—Necesito tu apoyo, Gideon.

—Y yo necesito decirle que estás casada.

Eva apoyó la sien en mi mejilla.

—Yo lo haré.

La moví para que se sentara sobre mi regazo y me recos­ té contra la pared, meciéndola sobre mi cuerpo. Sus brazos rodearon mi cuello y mi mundo volvió a estar en orden.

Ella deslizó entonces la mano por mi pecho. —Campeón...

El tono de persuasión que había en su voz ya lo conocía bien. Se me puso dura al instante y empezó a hervirme la sangre. Someterse a mí excitaba a Eva, y esa reacción suya me encendió como ninguna otra cosa.

Metí la mano entre su pelo y agarré sus suaves mecho­ nes dorados mientras veía cómo sus ojos se entornaban al notar el suave tirón de mi mano. Estaba a mi merced, y eso le encantaba. Lo necesitaba tanto como yo.

Tomé su boca. Después, la tomé a ella. 

Mientras Angus nos llevaba a Eva y a mí al trabajo, revisé mi agenda de citas y pensé en el vuelo de mi mujer de las ocho y media.

La miré.

—Vas a ir a California en uno de nuestros aviones.

Ella iba mirando por la ventanilla del Bentley, obser­

vando la ciudad con su habitual interés entusiasta. Se vol­ vió hacia mí.

Yo había nacido en Nueva York. Había crecido allí y en sus alrededores y, al final, había empezado a hacerla mía. Y, en algún momento también, había dejado de verla. No obstante, la fascinación y el deleite que Eva demostraba para con mi ciudad había hecho que yo volviera a mirarla. No observaba Nueva York con la misma intensidad que ella pero, aun así, la veía con nuevos ojos.

—¿Sí? —me desafió, y su mirada mostró que sentía la misma atracción por mí.

Aquella mirada que parecía decir «Fóllame» me ponía siempre al límite.

—Sí. —Cerré la funda de mi tableta—. Es más rápido, más cómodo y más seguro.

Sus labios se curvaron hacia arriba.

—De acuerdo.

Aquel atisbo de risa provocadora hizo que deseara ha­

cerle todo tipo de cosas malvadas y salvajes hasta dejarla completamente rendida.

—Díselo a Cary —continuó mientras cruzaba las pier­ nas y dejaba ver el borde de encaje de sus medias y un poco de la liga.

Llevaba una blusa roja sin mangas y una falda blanca con unos tacones de tiras. Un atuendo de lo más adecuado para ir a trabajar que hacía resaltar su cuerpo con una dis­ creta sensualidad. Entre nosotros se levantaba un arco de electricidad, el reconocimiento instintivo de que estába­ mos hechos para encajar el uno en el otro a la perfección.

—Pídeme que vaya contigo —dije. Odiaba pensar que estaría lejos de mí durante todo un fin de semana.

Su sonrisa desapareció de pronto.

—No puedo. Si debo decirle a la gente que nos hemos casado, tengo que empezar por Cary. Y no podré hacerlo si tú estás presente. No quiero que sienta que lo he dejado fuera de la vida que estoy comenzando contigo.

—Yo tampoco quiero quedarme fuera.

Eva entrelazó los dedos con los míos.

—Pasar un tiempo a solas con los amigos no hace que seamos menos pareja.

—Yo prefiero pasar el tiempo contigo —repuse—. Eres

la persona más interesante que conozco.

Abrió unos ojos como platos y se me quedó mirando.

Después, empezó a moverse, levantándose la falda y mon­ tando a horcajadas sobre mí antes de que pudiera darme cuenta de lo que hacía. Cogió mi cara entre las manos y apretó sus labios cubiertos de brillo contra los míos para besarme hasta dejarme sin sentido.

—Ah... —gemí cuando se apartó jadeante. Mis dedos se flexionaron sobre la generosa curva de su precioso culo—. Hazlo otra vez.

—Ahora mismo me tienes muy cachonda —susurró limpiándome los labios con el dedo pulgar.

—Eso me gusta.

Su fuerte risa me sacudió por dentro.

—Ahora mismo me siento estupendamente.

—¿Mejor que en el pasillo? —pregunté.

Su alegría era contagiosa. Si pudiera detener el tiempo, lo habría hecho en ese momento.

—Ésa es una forma distinta de estar estupendamente. —Sus dedos golpetearon mis hombros. Se la veía radian­ te cuando estaba contenta. Y su deleite lo iluminaba todo a su alrededor. Incluso a mí—. Ése ha sido un gran cum­ plido, campeón. Sobre todo, viniendo nada menos que 

de Gideon Cross. Conoces a personas fascinantes todos los días.

—Y ojalá desaparecieran para poder volver contigo. Sus ojos resplandecieron.

—Dios, te quiero tanto que me duele.

Las manos me temblaban y las hundí en la parte poste­rior de sus muslos para que no las viera. Mis ojos se mo­ vían de un lado a otro, tratando de aferrarse a algo que me sujetara.

Ojalá ella pudiera saber lo que provocaba en mí al pro­ nunciar esas dos palabras.

Me abrazó.

—Quiero que hagas algo por mí —murmuró.

—Lo que sea. Todo.

—Vamos a celebrar una fiesta.

—Genial. —Aproveché la oportunidad de poder cam­

biar de tema de conversación—. Yo pondré el columpio. Eva se echó hacia atrás y me dio un golpe en el hombro. —Ese tipo de fiesta no, obseso sexual.

—Vaya rollo —dije con un suspiro.

Me miró con una sonrisa maliciosa.

—¿Y si te prometo lo del columpio a cambio de la fiesta? —Negociemos. —Me eché hacia atrás a mi vez mien­ tras disfrutaba observándola—. Dime qué has pensado. —Copas y amigos. Tuyos y míos.

—De acuerdo —asentí, y a continuación consideré lasdistintas posibilidades—. Veo tus copas y tus amigos y subo a un polvo rápido en algún rincón oscuro mientras tanto.

Su garganta se movió al tragar rápidamente y yo son­ reí. Conocía muy bien a mi chica. Satisfacer su secreto exhibicionismo suponía para mí todo un giro de ciento ochenta grados y, aunque seguía sorprendiéndome cada vez que lo pensaba, no me importaba lo más mínimo. No había nada que yo no pudiera hacer por esos momentos en los que lo único que a ella le importaba era que mi polla la llenara por dentro.

—Sí que sabes regatear —dijo.

—Ésa es mi intención.

—Vale. —Se pasó la lengua por los labios—. Veo tu polvete y subo a una paja por debajo de la mesa.

La miré sorprendido.

—Vestido —contraataqué.

El aire que había entre nosotros se llenó con algo pare­ cido a un ronroneo.

—Creo que necesitará considerarlo usted, señor Cross. —Pues yo creo que va a tener que esforzarse usted más para convencerme, señora Cross.

Como siempre, Eva fue la negociación más estimulante del día.

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