Sylvia Day
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Apr 12, 2016  •  Espasa  •  9788467047042

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Nueva York era la ciudad que jamás dormía. Ni siquie- ra le entraba sueño nunca. Mi edificio de apartamen- tos del Upper West Side tenía el nivel de insonorización que se esperaba en la casa de un multimillonario pero, aun así, el zumbido de la ciudad se filtraba en el interior: el acompasado ruido sordo de las ruedas sobre las trilla- das calles, las protestas de los agotados frenos neumáticos y los incesantes bocinazos de los taxis.

Cuando salí del café de la esquina al siempre concurri- do Broadway, el ajetreo de la ciudad me asaltó. ¿Cómo ha- bía vivido alguna vez sin el ruido de Manhattan?

¿Cómo había vivido sin él?

Gideon Cross.

Llevé las manos a su mentón y sentí cómo las acariciaba

con su rostro. Esa muestra de vulnerabilidad y afecto me atravesó. Apenas unas horas antes, había creído que Gi- deon nunca cambiaría, que yo tendría que ceder demasia- do si quería compartir mi vida con él. Ahora podía ver de frente su coraje y dudaba del mío.

¿Le había exigido más a él que a mí misma? Me aver- gonzaba la posibilidad de que lo hubiese obligado a cam- biar mientras yo me había empeñado en seguir siendo la misma.

Se encontraba delante de mí, tan alto y tan fuerte. Ves- tido con vaqueros y camiseta y con una gorra que le tapa- ba la frente, era imposible reconocer al magnate mundial, 

pero su naturaleza irresistible no pasaba desapercibida a nadie que se cruzara con él. Por el rabillo del ojo pude ver cómo la gente de alrededor lo miraba una y, después, otra vez.

Aunque Gideon estuviese vestido con ropa informal o con su traje de tres piezas preferido, el poder de su cuerpo esbelto y musculoso era inconfundible. Su porte, la autori- dad que desprendía con su impecable control, hacía impo- sible que se confundiera con el entorno.

La ciudad de Nueva York engullía todo lo que se aden- traba en ella, pero Gideon la tenía bajo su control.

Y era mío. Pese a llevar mi anillo en el dedo, todavía ha- bía veces en las que me costaba creerlo.

Nunca sería un hombre sin más. Era la fiereza envuelta en elegancia, la perfección con trazos de desperfectos. Era el punto de conexión de mi mundo, un punto de conexión del mundo entero.

Sin embargo, acababa de demostrar que se doblegaría y cedería hasta lo imposible por estar conmigo, lo cual me proporcionaba de nuevo la seguridad de que yo era digna del dolor al que lo había obligado a enfrentarse.

A nuestro alrededor, las persianas de las tiendas de Broadway volvían a abrirse. El fluir del tráfico de la calle empezaba a volverse más denso a medida que los coches negros y los taxis amarillos pasaban a toda velocidad por la superficie irregular. Los vecinos iban llenando las ace- ras para sacar a sus perros a pasear o ir a correr a Central Park a primera hora de la mañana, aprovechando todo el tiempo que pudieran antes de que la jornada de trabajo se vengara de ellos. El Mercedes se detuvo junto al bordillo justo cuando nos acercamos. Al volante, la enorme silueta sombría de Raúl. Angus acercó el Bentley para colocarse detrás. Mi trayecto y el de Gideon nos llevaban a casas se- paradas. ¿Qué clase de matrimonio era ése?

Lo cierto es que el nuestro era así, aunque ninguno de 

los dos quería que fuese de ese modo. Tuve que trazar una línea divisoria cuando Gideon se llevó a mi jefe de la agen- cia de publicidad para la que yo trabajaba.

Comprendía el deseo de mi marido de que empezara a trabajar para Cross Industries, pero que intentara obligar- me a ello a mis espaldas... No podía permitirlo, no con al- guien como Gideon. O estábamos juntos y juntos tomába- mos también las decisiones, o estábamos demasiado alejados como para que nuestra relación pudiese funcionar.

Eché la cabeza atrás y levanté los ojos hacia su deslum- brante rostro. En él vi arrepentimiento y alivio. Y amor. Mucho amor.

Era de una belleza pasmosa. Sus ojos tenían el azul del mar Caribe, su pelo espeso y su lustrosa melena negra le acariciaban el cuello. Una mano fervorosa había esculpido cada plano y cada ángulo de su cara con tal perfección que te hipnotizaba y te dificultaba poder pensar con claridad. Me había cautivado su aspecto desde la primera vez que lo vi y, a veces, aún había momentos en que las neuronas se me freían. Gideon me deslumbraba.

No obstante, era el interior de ese hombre, su incesante energía y su poder, su aguda inteligencia y su carácter im- placable, unidos a un corazón que podía ser muy tierno...

—Gracias. —Mis dedos acariciaron el oscuro surco de su frente y sentí un hormigueo como siempre que toca- ba su piel—. Por llamarme. Por contarme lo de tu sueño. Por venir aquí a verme.

—Iría a donde fuera con tal de verte. —Esas palabras eran una promesa que pronunciaba con fervor y vehemencia. Todos tenemos nuestros demonios. Los de Gideon es- taban ocultos tras su férrea determinación cuando estaba despierto. Cuando dormía, lo atormentaban con violentas y atroces pesadillas que se había resistido a compartir con- migo. Teníamos muchas cosas en común, pero los abusos que sufrimos durante nuestra infancia eran un trauma 

compartido que nos unía tanto como nos separaba. Eso hacía que tuviera que luchar más por Gideon y por lo que teníamos. Nuestros violadores ya nos habían arrebatado demasiadas cosas.

—Eva... Tú eres la única fuerza de este mundo que pue- de obligarme a mantenerme alejado.

—Gracias también por eso —murmuré con el corazón encogido. Nuestra reciente separación había sido devasta- dora para ambos—. Sé que no te ha resultado fácil darme espacio, pero lo necesitábamos. Y sé que he sido dura con- tigo.

—Muy dura.

Sonreí al notar cierto tono de frialdad en sus palabras. Gideon no estaba acostumbrado a que le dijeran «no» cuando quería algo.

—Lo sé. Y has permitido que lo sea porque me amas.

Pero por más que él había odiado no poder verme, aho- ra estábamos juntos, porque esa privación lo enloquecía.

—Es más que amor. —Sus manos agarraron mis muñe- cas, apretándolas de la forma autoritaria que hacía que todo mi interior se rindiera.

Asentí. Ya no me daba miedo admitir que nos necesitá- bamos el uno al otro de una forma que muchos considera- rían poco sana. Nosotros éramos así. Eso era lo que tenía- mos. Y era precioso.

—Iremos juntos a ver al doctor Petersen. —Dijo esas palabras con una firmeza inconfundible, pero sus ojos buscaban los míos como si lo estuviese preguntando.

—Eres muy mandón —me burlé con el deseo de que nos separáramos con una buena sensación. Esperanzados. Apenas quedaban unas horas para nuestra terapia se- manal con el doctor Lyle Petersen, y no podía ser más oportuna. Habíamos avanzado. Podíamos servirnos de un poco de ayuda para decidir cuáles deberían ser nuestros siguientes pasos a partir de ese momento.

Sus manos me rodearon la cintura.

—Y eso te encanta —replicó.

Extendí los brazos hacia el bajo de su camiseta y agarré

el suave tejido.
—Me encantas tú.

—Eva. —Soltó su aliento tembloroso sobre mi cuello.

Manhattan nos rodeaba, pero no podía interponerse entre nosotros. Cuando estábamos juntos, no había nada más.

De mí salió un leve sonido de deseo. Lo añoraba y lo ansiaba, y me estremecía de placer por volver a tenerlo apretándose contra mí. Lo olí con inhalaciones profundas mientras mis dedos se clavaban en los rígidos músculos de su espalda. Me invadió una sensación embriagadora. Sí, era adicta a él, a su corazón, a su alma y a su cuerpo, y llevaba varios días sin mi dosis, haciendo que me sintie- ra débil y desconcertada, incapaz de funcionar como era debido.

Él me envolvió, su cuerpo era mucho más grande y fuerte. Me sentía segura entre sus brazos, querida y prote- gida. Nada podía tocarme ni hacerme daño cuando me abrazaba. Quería que él tuviera la misma sensación de se- guridad conmigo. Necesitaba que supiera que podía bajar la guardia, darse un respiro, y que yo podría protegernos a los dos.

Yo tenía que ser más fuerte. Más inteligente. Más me- drosa. Teníamos enemigos y Gideon se estaba enfrentan- do a ellos a solas. Era protector por naturaleza. Ésa era una de las cualidades que más admiraba en él. Pero yo tenía que empezar a demostrar a los demás que podía ser una adversaria tan buena como mi marido.

Y lo que era más importante: tenía que demostrárselo a Gideon.

Me incliné sobre él y absorbí su calor. Su amor.

—Te veo a las cinco, campeón.

—Ni un minuto después —respondió con brusquedad.

No pude evitar reírme, enamorada de su tono severo. —¿O qué?

Se apartó y me lanzó una mirada que hizo que se me

encogieran los dedos de los pies. —O iré a buscarte yo mismo.

Debería haber entrado sigilosamente al ático de mi pa- drastro pues, a esa hora, las seis de la mañana pasadas, era probable que pudiera sorprenderme volviendo. En lugar de ello, entré con paso firme, con la mente ocupada en los cambios que necesitaba realizar.

Tenía tiempo para darme una ducha rápida, pero de- cidí no hacerlo. Había pasado mucho tiempo sin que Gi- deon me tocara, demasiado tiempo sin que sus manos me acariciaran, sin que su cuerpo estuviera dentro del mío. No quería que desapareciera el recuerdo de su tac- to. Sólo eso ya me daría la fuerza precisa para hacer lo que debía.

Se encendió una lámpara.
—Eva.
—Dios mío —respondí sobresaltada.
Me volví y vi a mi madre sentada en uno de los sofás de

la sala de estar.
—¡Me has asustado! —protesté mientras me colocaba

una mano sobre el corazón acelerado.

Se puso de pie. Su bata de satén, que le llegaba hasta los pies, resplandecía alrededor de sus piernas atléticas y le- vemente bronceadas. Yo era su única hija, pero parecía- mos hermanas. Monica Tramell Barker Mitchell Stanton estaba obsesionada con mantenerse en forma. Era una es- posa florero de profesión, su belleza juvenil era su mayor virtud.

—Antes de que digas nada, sí, tenemos que hablar de la boda —empecé a decir—. Pero lo cierto es que debo irme a trabajar y ponerme a empaquetar mis cosas para irme a casa esta noche...

—¿Estás teniendo una aventura?

Su brusca pregunta me sorprendió más que su embos- cada.

—¿Qué? ¡No!

Suspiró aliviada y la tensión desapareció de sus hom- bros de forma visible.

—Gracias a Dios. ¿Me vas a contar qué narices está pa- sando? ¿Tan grave ha sido tu discusión con Gideon?

Grave. Por un momento, me había preocupado que lo nuestro hubiese terminado por las decisiones que él había tomado.

—Lo estamos arreglando. Sólo hemos pasado por un bache.

—¿Un bache por el que llevas días evitándolo? Así no se arreglan los problemas, Eva.

—Es una larga historia...

Se cruzó de brazos.

—No tengo ninguna prisa.

—Pero yo sí. Tengo que prepararme para irme a trabajar.

En su rostro apareció una expresión de dolor y, casi al instante, sentí remordimientos.

Durante un tiempo, yo había querido convertirme en una mujer como mi madre. Había pasado horas vistiéndo- me con su ropa, tropezándome con sus tacones, untán- dome la cara con sus cremas y sus maquillajes caros. Ha- bía tratado de imitar su voz susurrante y sus gestos sensuales, convencida de que ella era la mujer más hermo- sa y perfecta del mundo. Y su forma de tratar a los hom- bres, el modo en que la miraban y la atendían..., en fin, quería para mí ese toque mágico que ella tenía.

Al final, me había transformado en su viva imagen, a excepción de nuestro corte de pelo y el color de mis ojos. 

Pero eso era sólo el exterior. Como mujeres, no podíamos ser más distintas y, por desgracia, yo había llegado a sen- tirme orgullosa de ello. Había dejado de acudir a ella en busca de consejo, salvo en lo referente a ropa y decoración.

Eso iba a cambiar. En ese mismo momento.

Había probado con muchas y diferentes estrategias para dirigir mi relación con Gideon, pero no le había pedido ayuda a la única persona que tenía cerca y que sabía lo que era estar casada con un hombre importante y poderoso.

—Necesito tu consejo, mamá.

Mis palabras quedaron flotando en el aire y, a conti- nuación, vi cómo la comprensión agrandaba los ojos de mi madre con asombro. Un momento después, se volvía a sentar en el sofá como si las piernas no le respondieran. Su sorpresa había sido un fuerte golpe y, en ese instante, supe hasta qué punto la había excluido de mi vida.

Estaba sufriendo por dentro cuando me senté en el sofá que había enfrente del suyo. Había aprendido a ser caute- losa con las cosas que le contaba a mi madre y había hecho todo lo posible por ocultarle información que pudiera dar lugar a discusiones que terminaran volviéndome loca.

No siempre había sido así. Mi hermanastro Nathan ha- bía acabado con la cálida y fácil relación que yo mantenía con mi madre, como también había acabado con mi ino- cencia. Después de que mi madre se enterara de los abu- sos, había cambiado, y se había vuelto sobreprotectora hasta el punto de llegar a acosarme y asfixiarme. Ella esta- ba absolutamente segura de todo en la vida, excepto de mí. Conmigo se mostraba preocupada y entrometida y, a veces, casi rozaba la histeria. Con el paso de los años, yo me había obligado a eludir la verdad con demasiada fre- cuencia, ocultando secretos a todos los que quería sólo por mantener la tranquilidad.

—No sé cómo ser el tipo de esposa que Gideon necesita —confesé.

Echó los hombros hacia atrás y toda su compostura pasó a convertirse en indignación.

—¿Es que está teniendo una aventura?

—¡No! —Se me escapó una pequeña carcajada—. Na- die está teniendo ninguna aventura. Nosotros no nos ha- ríamos algo así. No podríamos. Deja de preocuparte por eso.

Tuve que preguntarme si la reciente infidelidad de mi madre con mi padre era la verdadera fuente de esa preo- cupación. ¿Le remordía la conciencia? ¿Se estaba cuestio- nando su relación con Stanton? Yo no sabía qué pensar al respecto. Quería mucho a mi padre, pero también creía que mi padrastro era perfecto para mi madre en el sentido de lo que ella necesitaba de un marido.

—Eva...

—Gideon y yo nos casamos hace unas semanas a escon- didas. —Dios, qué bien me sentí al soltarlo así.

Me miró con los ojos entornados y parpadeó una vez. Y dos.

—¿Qué?

—Aún no se lo he contado a papá —continué—. Pero lo voy a llamar hoy.

Sus ojos brillaron al inundarse de lágrimas.

—¿Cómo? Dios mío, Eva..., ¿cómo hemos llegado a es- tar tan distanciadas?

—No llores.

Me levanté y me acerqué a ella para sentarme a su lado. Extendí las manos hacia las suyas pero, en lugar de coger- las, ella me abrazó con fuerza.

Yo aspiré aquel olor tan familiar y sentí la paz que úni- camente se encuentra en los brazos de una madre. Aun- que sólo duró un momento.

—No lo planeamos, mamá. Nos fuimos el fin de sema- na y Gideon me preguntó si quería hacerlo y se encargó de prepararlo todo... Fue espontáneo. Impulsivo.

Se apartó y pude ver su rostro surcado de lágrimas y sus ojos encendidos.

—¿Se ha casado contigo sin un acuerdo prenupcial?

Me reí. No pude evitarlo. Por supuesto, mi madre tenía que dirigir su atención a los asuntos económicos. Durante mucho tiempo, el dinero había sido la fuerza motora de su vida.

—Sí que existe un acuerdo prenupcial.

—¡Eva Lauren! ¿Has pedido que te lo revisen o también fue algo espontáneo?

—Lo leí palabra por palabra.

—¡Tú no eres abogada! Por Dios, Eva... ¡Te he educado para que seas más inteligente!

—Cualquier niño de seis años habría entendido el con- tenido —espeté, molesta por el que era el verdadero pro- blema de mi matrimonio: en la relación entre Gideon y yo se entrometían demasiadas personas que nos impedían sa- car tiempo para ocuparnos de los asuntos que de verdad teníamos que arreglar—. No te preocupes por el acuerdo.

—Deberías haberle pedido a Richard que lo leyera. No entiendo por qué no lo hiciste. Es una irresponsabilidad. De verdad que no...

—Lo leí, Monica.

Las dos nos volvimos al oír la voz de mi padrastro. Stanton entró en la habitación preparado para empezar la jornada, muy elegante con su traje azul marino y su corba- ta amarilla. Imaginé que Gideon se parecería mucho a él cuando cumpliera su edad: buena forma física, distingui- do, como un buen macho alfa.

—¿Sí? —pregunté sorprendida.

—Cross me lo envió hace unas semanas. —Stanton se acercó a mi madre para coger su mano entre las suyas—. No podrían pedirse mejores condiciones.

—¡Siempre existen mejores condiciones, Richard! —respondió ella en tono brusco.

—Hay gratificaciones por acontecimientos como ani- versarios y nacimiento de hijos, y ningún tipo de penaliza- ción para Eva, aparte de la terapia de pareja. La disolución daría lugar a una distribución más que equitativa de los bienes. Estuve tentado de preguntar si Cross les había pe- dido a sus abogados que lo revisaran. Imagino que se ha- brían opuesto enérgicamente.

Mi madre se quedó callada un momento mientras asi- milaba aquello. A continuación, se puso en pie furiosa.

—Entonces ¿tú sabías que iban a casarse en secreto? ¿Lo sabías y no me dijiste nada?

—Por supuesto que no lo sabía. —La atrajo entre sus brazos y le habló con suavidad, como si fuese una niña—. Supuse que estaba anticipándose. Ya sabes que normal- mente estos asuntos requieren meses de negociación. Aun- que, en este caso, no había nada más que se pudiera pedir.

Yo me puse de pie a mi vez. Tenía que darme prisa si quería llegar a tiempo al trabajo. Ese día, más que ningún otro, no quería llegar tarde.

—¿Adónde vas? —preguntó mi madre apartándose de Stanton—. Aún no hemos acabado esta conversación. ¡No puedes soltar una bomba como ésa y después marcharte!

Me giré para mirarla mientras caminaba de espaldas.

—De verdad que tengo que prepararme. ¿Por qué no nos vemos para comer y seguimos hablando?

—No puedes...

—Corinne Giroux —la interrumpí.

Mi madre me miró con unos ojos como platos y, des-

pués, los entornó. Un nombre. No tuve que decir nada más. La ex de Gideon era un problema que no necesitaba de mayor explicación.

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