Sylvia Day
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Mar 11, 2014  •  Erótica Esencia  •  9788408126034

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Sección 1

—Si todos los ángeles de la muerte tuviesen tu belleza, los hombres harían cola para morir.

Maria, lady Winter, cerró la tapa de la cajita de esmalte con decisión. El asco que sintió por el hombre sentado detrás de ella y que había visto reflejado en el espejo, le revolvió el estómago. Respiró hondo y mantuvo la vista fija en el escenario, a pesar de que su atención siguió fija en su increíblemente atractivo acompañante, sentado entre las sombras del palco que ella ocupaba.

—Ya llegará tu turno —murmuró, manteniendo la compostura ante los impertinentes que la apuntaban.

Esa noche llevaba un vestido de seda roja con mangas de encaje negro. Era el color que vestía más a menudo. Pero no porque le sentase bien a su físico español —pelo negro, ojos oscuros, piel aceituna— sino porque era una señal de advertencia. «Sanguinaria. Mantente alejado de mí.»

«La Viuda de Hielo —susurraban los chismosos—. Lleva dos maridos muertos... y sigue sumando.»

El ángel de la muerte. Cuánta razón tenían. Todo el mundo moría a su alrededor, excepto el hombre que la había condenado a vivir en el infierno.

La risa que sintió junto al hombro le erizó la piel.

—Hace falta alguien mucho más peligroso que tú, mi querida hija, para darme mi merecido.

—Tu merecido será mi daga en el corazón —siseó ella.

—Ah, pero entonces no podrás reunirte jamás con tu hermana, y eso que está a punto de alcanzar la mayoría de edad.

—Ni se te ocurra amenazarme, Welton. Cuando Amelia se case, sabré dónde está y ya no te necesitaré para nada. Tenlo muy presente cada vez que se te pase por la cabeza hacerle a ella lo que me hiciste a mí.

—Podría venderla como esclava —sugirió él, arrastrando la voz.

—Das por hecho, erróneamente, que no he anticipado esta clase de amenaza. —Se tocó la lazada del codo y consiguió esbozar una sonrisa y disimular el terror que sentía—. Si haces eso, lo sabré. Y entonces morirás.

Vio que él se asustaba y la sonrisa de Maria se convirtió en genuina. Ella tenía dieciséis años cuando Welton le había robado la vida. Lo único que conseguía hacerla reaccionar cuando el miedo por su hermana amenazaba con paralizarla era pensar en el día en que se lo haría pagar.

—St. John.

El nombre permaneció suspendido en el aire entre los dos. Maria se quedó sin aliento.

—¿Christopher St. John?

Era raro que algo consiguiera sorprenderla. Tenía veintiséis años y creía haberlo visto y haberlo hecho casi todo.

—Tiene mucho dinero, pero casarme con él destrozaría mi reputación y entonces dejaría de serte útil para tus maquinaciones. —Esta vez no será necesario que te cases con él. Todavía no se me ha acabado la fortuna de lord Winter. Sólo necesito información. Creo que van a ofrecerle algún acuerdo y quiero saber por qué y, lo más importante, quiero saber quién lo ha librado de la cárcel.

Maria se alisó la falda roja alrededor de las piernas. Sus dos anteriores esposos habían sido agentes de la Corona y le habían resultado de mucha utilidad a su padrastro. Ambos habían sido también nobles y extremadamente ricos y, después de su muerte, una parte importante de su fortuna había pasado a Welton a través de ella.

Levantó la cabeza y observó el teatro, aunque sólo se fijó en el humo que salía de las velas y los reflejos dorados que producían las llamas. La soprano que había en el escenario se esforzaba por captar la atención del público, pero nadie había ido allí para verla a ella. La aristocracia asistía a la ópera para verse unos a otros, nada más.

—Interesante —murmuró Maria al recordar uno de los dibujos que había del famoso pirata.

St. John era enormemente guapo y tan letal como ella. Sus aventuras eran legendarias y muchas se habían convertido en historias tan fantásticas que era imposible que fuesen ciertas. A todo el mundo le fascinaba hablar de St. John y había apuestas por doquier acerca de cuánto tiempo lograría escapar de la horca.

—Tienen que estar desesperados si han decidido perdonarle la vida. Se han pasado años buscando pruebas de sus pillajes y ahora que las tenían lo han soltado. Me atrevería a decir que nadie está contento con esa decisión.

—No me importa si están contentos o no —señaló Welton con grosería—. Lo único que quiero saber es a quién puedo chantajear a cambio de mi silencio.

—Tienes mucha fe en mis encantos —dijo ella, tragándose la bilis que le llenaba la boca.

Pensar en las cosas que se había visto obligada a hacer para proteger y servir al hombre que más detestaba... Levantó el mentón. No, no lo había hecho para proteger y servir a su padrastro.

Sencillamente, lo necesitaba vivo. Si lo mataban, jamás encontraría a Amelia.

Welton ignoró el sarcasmo.

—¿Puedes hacerte una idea de lo valiosa que sería esa información?

Ella asintió de un modo casi imperceptible, consciente del escrutinio al que estaba sometida en todo momento. La alta sociedad sabía que sus esposos no habían fallecido de muerte natural, pero carecían de pruebas que lo demostrasen. A pesar del morbo que causaba su presunta culpabilidad, a Maria la invitaban a las fiestas más importantes. Ella era infame. Y nada daba más clase a un evento que un toque de infamia.

—¿Cómo daré con él?

—Tienes tus métodos.

Se puso en pie y se acercó a ella entre las sombras del palco, pero Maria no se dejó amedrentar. Dejando aparte la preocupación que sentía por Amelia, ya no le daba miedo nada.

Los dedos de Welton se enredaron en uno de sus rizos.

—El pelo de tu hermana se parece mucho al tuyo. Ni siquiera el polvo consigue hacerle perder brillo.

—Vete de aquí.

La risa de Welton se quedó en el palco después de que él desapareciera tras las cortinas que conducían al pasillo. ¿Cuántos años más tendría que soportar ese sonido? Los investigadores que trabajaban para ella no lograban encontrar nada de valor; su hermana había sido vista en algunos lugares, pero nunca encontraban el rastro. Había estado a punto tantas veces... Pero Welton siempre iba un paso por delante.

Y el alma de Maria se oscurecía más y más con cada una de las victorias de su padrastro.

—No se deje engañar por su aspecto delicado. Sí, es bajita y delgada, pero es como una víbora lista para atacar.

Christopher St. John se sentó más cómodamente en su silla e ignoró al agente de la Corona que compartía palco con él. Tenía los ojos fijos en la mujer vestida de seda roja que estaba sentada en el otro lado del teatro. Él se había pasado toda la vida entre la escoria de la sociedad y reconocía a una alma gemela cuando la veía.

Ese vestido le daba el aspecto de una sensual y cálida sirena española, pero lady Winter era tan fría como proclamaba su título nobiliario. Y la misión de Christopher consistía en hacerla entrar en calor, introducirse en su vida y averiguar todo lo que pudiera sobre ella para que ocupase su lugar en la horca.

Una misión repugnante. Pero a él le parecía un intercambio justo. Él era un ladrón y un pirata y ella una viuda sanguinaria.

—Como mínimo, tiene a doce hombres trabajando para ella —le explicó el vizconde Sedgewick—. Algunos vigilan los muelles, otros peinan el campo. Su interés por la agencia es obvio y letal. Con la reputación de usted cuando se trata de peligro, hacen muy buena pareja. Estamos seguros de que si se ofrece a ayudarla, no podrá resistirse.

Christopher suspiró; no le hacía ninguna gracia compartir cama con la Viuda de Hielo. Conocía de sobra a las mujeres como ella, demasiado preocupadas por su aspecto físico como para disfrutar de un buen revolcón. Lady Winter dependía de su físico para atraer a un pretendiente rico y así poder ganarse la vida; seguro que no querría sudar ni cansarse demasiado. Podría echarle a perder el peinado.

—¿Puedo irme ya, milord? —preguntó Chistopher con un bostezo.

Sedgewick negó con la cabeza.

—Tiene que empezar de inmediato o perderá su oportunidad.

Christopher tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para morderse la lengua. En la agencia no tardarían en descubrir que él no bailaba al son de nadie.

—Deje que yo me ocupe de los detalles. Usted quiere que establezca una relación personal y profesional con lady Winter y eso haré.

Christopher se puso en pie y se alisó la chaqueta.

—Pero una mujer como ella, que busca casarse por dinero, nunca dejará que la corteje un soltero como yo, por lo que tendremos que empezar con la relación profesional y terminar sellándola con sexo. Así es como funcionan las cosas.

—Es usted un individuo escalofriante —declaró Sedgewick.

Christopher lo miró por encima del hombro al apartar la cortina del palco.

—Y hará bien en recordarlo.

La sensación de que la estaban observando como si fuese una presa a Maria le erizó el vello de la nuca. Ladeó la cabeza y se fijó en todos los palcos sin ver nada inusual en ellos. Sin embargo, su instinto la había mantenido con vida mucho tiempo y confiaba ciegamente en él.

Alguien sentía algo más que curiosidad por ella.

Las voces de unos hombres en la galería que había a su espalda llamaron su atención y la distrajeron de su búsqueda. La mayor parte de la gente no oiría nada por encima de los gritos de la cantante, pero ella era una cazadora y estaba entrenada.

—El palco de la Viuda de Hielo.

—Ah... —murmuró otro hombre—. Merece la pena arriesgarse para pasar unas horas con esa belleza. Es incomparable, una diosa al lado de las otras mujeres.

Maria resopló. Sí, ésa era su maldición.

El placer que había sentido de jovencita por ser tan guapa murió cuando su padrastro la miró y dijo:

—Me harás ganar una fortuna, pequeña.

Ésa fue sólo una de las muertes de su corta vida.

La primera fue la de su querido padre. Maria lo recordaba como un hombre apasionado y vital que se reía a menudo, muy atractivo y que adoraba a su esposa española. Pero se puso enfermo de repente y murió. Con el paso del tiempo, Maria se convirtió en una experta en identificar los efectos del envenenamiento, pero en esa época lo único que sentía era miedo y confusión. Y todo empeoró cuando su madre le presentó al atractivo moreno que iba a sustituir a su padre.

—Maria, niña —le dijo su madre con su leve acento—. Él es el vizconde Welton. Vamos a casarnos.

Ella ya había oído antes ese nombre. Era uno de los mejores amigos de su padre. Que su madre quisiera volver a casarse estaba más allá de su joven comprensión. ¿Acaso su padre había significado tan poco para ella?

—Welton quiere mandarte a los mejores colegios —fue la explicación que le dio—. Tendrás todo lo que tu padre habría deseado para ti.

«Mandarte.» Ésa fue la única palabra que Maria oyó.

El enlace se celebró y lord Welton tomó las riendas de la familia, llevándoselos a todos a vivir en medio de un páramo, a lo que parecía un castillo medieval. Maria lo odiaba. Era frío y oscuro y daba mucho miedo, y no se parecía en nada a la casa de ladrillos amarillos donde había vivido antes.

Welton dejó embarazada a su nueva esposa de otra hija y no tardó en dejarlas solas. Maria se fue al colegio y él volvió a la ciudad, donde bebió, fue con prostitutas y se jugó el dinero del difunto padre de ella hasta cansarse. Su madre fue palideciendo y adelgazando y se le empezó a caer el pelo. Le ocultaron la enfermedad a Maria hasta el último momento.

Sólo la mandaron llamar cuando el fin estaba cerca y era inevitable. Cuando volvió al hogar de su padrastro, descubrió que la vizcondesa Welton era un fantasma de la mujer que había sido unos meses atrás; había perdido la vitalidad al mismo ritmo que el vizconde había vaciado las arcas de la familia.

—Maria, cariño —le susurró su madre en su lecho de muerte, suplicándole con los ojos—, perdóname. Welton fue tan bueno conmigo cuando tu padre murió, que no vi cómo era de verdad.

—Todo saldrá bien, mamá —le mintió—. Te curarás y podremos dejarlo.

—No. Tienes que...

—No digas nada más, por favor. Necesitas descansar.

Su madre le sujetó la mano con una fuerza sorprendente te niendo en cuenta el estado en que se encontraba, lo que puso de manifiesto la urgencia que sentía.

—Tienes que proteger a tu hermana de ese hombre. No le importa lo más mínimo que sea de su propia sangre. La utilizará igual que me ha utilizado a mí. Igual que tiene previsto utilizarte a ti. Amelia no es fuerte como tú. No tiene la fuerza de tu padre.

Maria miró horrorizada a su madre. En la década que duró el matrimonio de su madre con Welton, Maria aprendió muchas cosas, pero la más importante era que bajo aquel rostro tan hermoso se escondía el mismísimo Mefistófeles.

—No soy lo bastante mayor —le susurró a su madre, con lágrimas resbalándole por las mejillas.

Se había pasado casi toda la vida en una escuela, preparándose para ser la clase de mujer que Welton pudiera explotar. Pero en las pocas visitas que había hecho a su casa, había presenciado cómo su padrastro hería a su madre con sus comentarios afilados. Y los sirvientes le hablaron de agrias voces y gritos de dolor. Los morados. La sangre. Las semanas que su madre se pasaba en la cama cuando el vizconde se iba.

Amelia tenía entonces siete años y siempre se encerraba en su habitación cuando su padre estaba en casa, sola y asustada. Ninguna institutriz quería quedarse.

—Sí, sí que lo eres —susurró Cecille con los labios blancos y los ojos rojos—. Cuando me vaya, te daré toda la fuerza que me queda. Me sentirás dentro de ti, mi dulce Maria, a mí y a tu padre. Nosotros te ayudaremos.

Esas palabras fueron el único consuelo que tuvo durante años.

—¿Está muerta? —le preguntó Welton sin ninguna emoción, cuando Maria salió del dormitorio.

—Sí —contestó sin aliento y con las manos temblorosas. —Haz los preparativos que quieras.

Maria asintió y dio media vuelta. La seda de su pesada falda siseó en el silencio fúnebre de la mansión.

—Maria. —La suave voz de Welton sonó como una amenaza. Ella se detuvo y volvió a mirarlo. Observó a su padrastro con el convencimiento de que era el diablo y se fijó en los anchos hombros, en las caderas estrechas y en las piernas largas que tan atractivas les resultaban a muchas mujeres. A pesar de la frialdad de su interior, sus ojos verdes, el pelo negro y la sonrisa pícara lo convertían en el hombre más guapo que Maria había visto nunca. El regalo que le había dado el diablo a cambio de su alma.

—Dile a Amelia que Cecille ha muerto, ¿quieres? Yo llego tarde y no tengo tiempo.

«Amelia.»

Maria estaba destrozada sólo de pensar en lo que se avecinaba. Y si a eso le sumaba el dolor que sentía por la pérdida de su madre, casi se cayó de rodillas al suelo y se derrumbó frente a su padrastro. Pero la fuerza que le había prometido tener a su madre se deslizó por su espina dorsal y la mantuvo erguida y con la cabeza bien alta.

Welton se rio ante tal muestra de valentía.

—Sabía que ibas a ser perfecta. Que ibas a compensarme por los dolores de cabeza que me daba tu madre.

Lo observó dar media vuelta y bajar la escalera hacia el salón, olvidándose por completo de su esposa.

¿Qué podía decirle a su hermana para amortiguar el golpe? Amelia no tenía ninguno de los buenos recuerdos que le daban ánimos a Maria. La niña acababa de quedarse huérfana, pues su padre bien podría estar muerto por el caso que le hacía.

—Hola, princesa —la saludó Maria cariñosa al entrar en la habitación de la niña, preparándose para absorber el impacto del pequeño cuerpo lanzándose a sus brazos.

—¡Maria!

Ésta abrazó a su hermana y se acercó a la cama cubierta con sábanas azul pálido, que contrastaban agradablemente con las paredes de damasco. Acunó a la sollozante Amelia, mientras ella misma lloraba en silencio. Ahora sólo se tenían la una a la otra.

—¿Qué vamos a hacer? —le preguntó Amelia, insegura.

—Sobrevivir —afirmó Maria, también en voz baja—. Y estar juntas. Te protegeré. No lo dudes nunca.

Se quedaron dormidas y, cuando Maria despertó, Amelia ya no estaba.

Y su vida cambió para siempre.

Repentinamente ansiosa por hacer algo productivo, Maria se puso en pie, apartó la cortina del palco y salió al pasillo. Los dos lacayos que lo custodiaban para mantener alejados a los pretendientes indeseados se pusieron alerta.

—Ve por mi carruaje —le ordenó a uno, que se alejó corriendo.

Entonces, alguien tropezó con ella sin demasiada delicadeza y su espalda chocó contra un torso musculoso.

—Lo siento —murmuró una deliciosa voz cerca de su oreja y Maria sintió incluso la vibración.

El sonido la detuvo, dejándola sin aliento. Se quedó inmóvil y dejó que sus sentidos se embriagaran de aquella sensación, mucho más intensa de lo habitual. Sus percepciones fueron bombardeándola una tras otra; un torso musculoso en su espalda, una mano firme alrededor de la cintura, el sensual aroma a bergamota y virilidad. Él no la soltó, sino que la sujetó con más fuerza para enderezarla.

—Suélteme —le ordenó decidida.

—Cuando esté listo para hacerlo, lo haré.

La mano de él, sin guantes, le rodeó el cuello y su tacto calentó los rubís de su collar hasta que éstos le quemaron la piel. Un dedo áspero se detuvo encima de su pulso y se lo acarició, acelerándoselo. Él se movía con mucha seguridad, sin dudar lo más mínimo, como si tuviese derecho a tocarla siempre que quisiera y donde quisiera, incluso en público. Pero al mismo tiempo era innegablemente amable. A pesar de lo fuerte que la sujetaba, Maria habría podido soltarse si hubiese querido, pero la repentina debilidad que sentía en las extremidades se lo impidió.

Miró al lacayo que quedaba en el pasillo y le ordenó en silencio que hiciese algo para ayudarla. Los ojos bien aleccionados del sirviente se mantuvieron fijos por encima de la cabeza de ella, pero tragó saliva. Y después apartó la vista.

Maria suspiró. Al parecer iba a tener que salvarse sola.

Una vez más.

Su siguiente movimiento estuvo guiado tanto por el instinto como por el pensamiento. Levantó una mano y rodeó la muñeca del hombre, dejando que sintiera la punta afilada de la hoja que escondía el anillo hecho a medida que llevaba. Él se quedó quieto. Y luego se rio.

—Me gustan mucho las sorpresas.

—Me temo que yo no puedo decir lo mismo.

—¿Tiene miedo? —le preguntó el desconocido.

—¿De mancharme el vestido de sangre? Sí —contestó sin más—. Es uno de mis preferidos.

—Ah, pero así haría juego con la sangre que mancha sus ma­ nos. —Hizo una pausa y le recorrió el lóbulo de la oreja con la len­ gua, haciéndola estremecer y sonrojarse—... Y también las mías.

—¿Quién es usted?

—El hombre que necesita.

Maria inhaló profundamente y al expandirse su corsé, su pe­ cho quedó apretado contra el inamovible antebrazo del descono­ cido. Las preguntas surgían en su mente más rápido de lo que ella podía analizarlas.

—Ya tengo todo lo que necesito.

Él la soltó y dejó que sus dedos se deslizasen por la piel de su escote. A Maria se le puso la piel de gallina bajo el paso de sus yemas.

—Si descubre que está equivocada —sugirió con voz ronca—, venga a buscarme.

El hombre dio un paso hacia atrás y ella giró sobre sus talones para verlo.

Maria escondió expertamente su reacción tras su habitual máscara de indiferencia. Los periódicos no le habían hecho jus­ ticia. El pelo rubio pálido, el rostro moreno por el sol y los res­ plandecientes ojos azules le daban un aspecto casi angelical. Los labios, aunque finos, parecían esculpidos por un artista. El resul­ tado final era tan espectacular que desarmaría a cualquiera. Le dieron ganas de confiar en él, pero la fría intensidad de su mirada le dijo que sería un error.

Mientras lo observaba, Maria se dio cuenta de que, sin pretenderlo, habían llamado la atención de las personas que estaban en la galería, pero no perdió ni un segundo en mirarlos. No podía dejar de deleitarse en el hombre tan arrogante que tenía delante.

—St. John.

Él le hizo una reverencia y sonrió, pero la sonrisa no se reflejó en sus ojos, unos ojos gloriosos que a causa de las sombras del pasillo parecían todavía más penetrantes. No era un hombre que durmiese a menudo ni demasiado bien.

—Me halaga que me reconozca.

—¿Y para qué se supone que lo necesito?

—Para encontrar lo que sea que están buscando sus hombres. La sorpresa que le causó esa respuesta no pudo disimularla. —¿Qué sabe sobre eso?

—Demasiado —contestó él, escudriñándola con la mirada.

Sus sensuales labios esbozaron una sonrisa y llamaron la atención de Maria—. Y no lo suficiente. Juntos tal vez podríamos conseguir lo que ambos nos proponemos.

—¿Y qué se propone conseguir usted?

¿Cómo era posible que hubiese ido a verla tan poco tiempo después de que se fuese Welton? Era imposible que se tratase de una coincidencia.

—Venganza.

La palabra se deslizó por la lengua de St. John con tanta facilidad que Maria se preguntó si estaría tan muerto por dentro como ella. Tenía que estarlo para llevar la vida criminal que llevaba. Sin remordimientos. Sin arrepentirse de nada. Sin conciencia.

—La agencia se ha inmiscuido en mi vida demasiadas veces —añadió él.

—No tengo ni idea de qué me está hablando.

—¿Ah, no? Es una lástima. —Se apartó de ella y se inclinó hacia delante—. Si lo averigua, venga a buscarme. Estaré cerca.

Durante un segundo, Maria se negó a dar media vuelta y observarlo mientras se iba. Pero fue sólo un instante y finalmente se volvió. Se quedó mirando lo alto que era, lo ancha que tenía la espalda, y luego bajó hasta llegar a los talones de sus botas. No se le escapó ningún detalle. Vestido de aquella manera era imposible perderlo en medio de la multitud que llenaba el teatro. Llevaba una chaqueta y unos pantalones claros, de un suave tono amarillo, que lo hacían resaltar entre aquel mar de caballeros vestidos de negro. Maria se lo imaginó como el dios del Sol, iluminando a todos con su presencia. Su caminar tranquilo no conseguía disimular lo peligroso que era en realidad, algo que notaban también los aristócratas presentes, pues se apresuraban a apartarse de su camino.

Ahora por fin entendía el atractivo de St. John.

Maria volvió a centrar su atención en el lacayo.

—Vamos.

—Mi señora —dijo él, lastimero, obligándola a aminorar el paso—. Perdóneme, por favor.

El joven parecía a punto de vomitar. El pelo negro se le había pegado a la frente, enmarcando su rostro infantil. Si no fuera por la librea, parecería el chico que era en realidad.

—¿Por? —le preguntó ella, levantando las cejas.

—Yo... no la he rescatado.

Maria suavizó su expresión y sorprendió al joven tocándole el codo.

—No estoy enfadada contigo. Te has asustado, ésa es una emoción que yo comprendo muy bien. —¿De verdad?

Ella suspiró y le apretó el codo antes de soltarlo.

—De verdad.

El joven le sonrió tan agradecido que a Maria se le encogió el corazón. ¿Ella había sido alguna vez tan... transparente? A veces se sentía tan desconectada del mundo...

«Venganza.» Era su único objetivo. La saboreaba cada mañana cuando desayunaba y se acostaba con ella en los labios. La necesidad de ajustar cuentas era la fuerza que le hacía circular la sangre en las venas y que le llenaba de aire los pulmones.

Y Christopher St. John podía ayudarla a obtenerla.

Hacía apenas unos instantes, St. John sólo había sido un botín que conseguir lo antes posible. Ahora se le abría un abanico de posibilidades, todas ellas muy intrigantes y seductoras. Tendría que trazar un plan con sumo cuidado si quería utilizar a St. John, pero no tenía la menor duda de que podía lograrlo.

Por primera vez en muchísimo tiempo, sonrió.

Christopher silbó mientras se alejaba, sintiendo la mirada de lady Winter encima de él. No había tenido intención de habar con ella esa noche. Sólo quería verla de cerca y observarla un poco. Había sido una afortunada coincidencia que ella eligiese aquel preciso instante para abandonar el palco. Pero no sólo se habían conocido, sino que la había tocado, la había tenido entre los brazos y había olido el perfume de su piel.

Ya no tenía miedo de aburrirse en la cama con ella, no después de lo que había sentido al notar la afilada punta de aquella hoja. Pero lo que más sorprendió a Christopher fue ver que lady Winter no sólo había despertado su instinto sexual, sino también su curiosidad. Era mucho más joven de lo que él pensaba, y la piel bajo el maquillaje tenía finas líneas de preocupación y sus ojos mostraban miedo y curiosidad al mismo tiempo. Lady Winter todavía no era una cínica. ¿Cómo era posible, teniendo en cuenta que se suponía que había matado como mínimo a dos hombres?

Tenía intención de descubrirlo. La agencia tenía más ganas de atraparla a ella que a él y sólo eso ya bastaba para intrigarlo.

Salió del teatro y se fijó en el carruaje negro con el blasón de los Winter. Se detuvo a su lado. Esperó un segundo y, tras hacer un gesto imperceptible, oyó el silbido de respuesta que le aseguraba que al menos uno de sus hombres había visto su señal e iba a seguir el vehículo hasta nueva orden. Christopher quería saber adónde iba la misteriosa dama.

—Este fin de semana estaré en casa de los Harwick —le dijo al cochero de los Winter, que lo miró atónito y a la defensiva—. Asegúrate de que tu señora lo sabe.

El hombre asintió con energía y Christopher le sonrió, profundamente satisfecho.

Por primera vez en mucho tiempo quería que llegase el día siguiente.

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